Una tercera parte de los alimentos que producimos se pierde o acaba en la basura. Podemos hacerlo mejor.
Cualquiera diría que desperdiciar semejante montón de comida es un pecado, incluso un crimen, pero la cosa no ha hecho más que empezar. A lo largo de la jornada, la planta de transferencia recibirá entre 10 y 20 cargamentos más de hortalizas perfectamente comestibles, procedentes de las empresas productoras-envasadoras de la zona
La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), que lleva la cuenta de lo que se produce y consume en el planeta, calcula que cada año una tercera parte de la producción mundial de alimentos para consumo humano se pierde o desperdicia en la cadena que se inicia en las explotaciones agropecuarias, pasa por las plantas de procesado, los mercados al por mayor y los comercios minoristas, y llega a los negocios de restauración y a la cocina de nuestros hogares. Todo esto significa 1.300 millones de toneladas anuales, suficientes para alimentar a 3.000 millones de personas
El desperdicio alimentario se produce en distintos lugares y por distintos motivos. En general los países industrializados pierden más comida en las fases de comercialización y consumo, mientras que en las naciones en vías de desarrollo, que con frecuencia carecen de las infraestructuras necesarias para hacer llegar todo el alimento en buen estado a los consumidores, la mayor parte de las pérdidas tiene lugar en las fases de producción, postcosecha y procesado.
Pensemos en África, por ejemplo. A causa de los deficientes sistemas de almacenamiento y transporte, entre el 10 y el 20% de los cereales subsaharianos sucumben a enemigos como el moho, los insectos y los roedores. Hablamos de alimentos por valor de 3.000 millones de euros, suficientes para alimentar a 48 millones de bocas durante un año entero. Sin sistemas de refrigeración, los productos lácteos se agrian y el pescado se pudre. Sin la capacidad de encurtir, enlatar, curar o embotellar, los excedentes de los productos perecederos no se pueden transformar en alimentos duraderos
Pensemos en África, por ejemplo. A causa de los deficientes sistemas de almacenamiento y transporte, entre el 10 y el 20% de los cereales subsaharianos sucumben a enemigos como el moho, los insectos y los roedores. Hablamos de alimentos por valor de 3.000 millones de euros, suficientes para alimentar a 48 millones de bocas durante un año entero. Sin sistemas de refrigeración, los productos lácteos se agrian y el pescado se pudre. Sin la capacidad de encurtir, enlatar, curar o embotellar, los excedentes de los productos perecederos no se pueden transformar en alimentos duraderos
Se desperdician calorías en los restaurantes que sirven raciones desproporcionadas u opíparos bufés, cuyos empleados tiran todo a la basura en cuanto llega la hora de cerrar, aunque no haya estado ni cinco minutos en el mostrador.
Los consumidores también tenemos nuestra parte de culpa: compramos de más porque en cada esquina tenemos la posibilidad de adquirir comida relativamente barata y presentada en envases seductores; no la almacenamos adecuadamente; nos tomamos al pie de la letra la «fecha de consumo preferente», cuando en realidad ese etiquetado informa del punto máximo de frescura del producto y tiene poco que ver con la seguridad alimentaria; olvidamos las sobras en el fondo de la nevera, no pedimos que nos envuelvan para llevar la comida que no nos hemos acabado en el restaurante y sufrimos mínimas o nulas consecuencias cuando tiramos a la basura una ración que hemos dejado a medias.Da lo mismo dónde se produzca el desperdicio alimentario: cada plato de comida desaprovechado es un plato que no nutrirá a nadie. Una familia estadounidense de cuatro miembros desecha un promedio de 1.000 euros al año en comida. Despilfarrar comida es también despilfarrar las ingentes cantidades de combustible, productos agroquímicos, agua, tierra y mano de obra invertidos en su producción. En 2007, por ejemplo, la ocupación mundial del suelo destinado a producir unas cosechas que nadie se comería fue de 1.400 millones de hectáreas, la superficie de Canadá y la India. Pero el coste medioambiental va más allá. El destino final de los desperdicios suelen ser los vertederos, donde, sepultados sin aire, generan metano, un gas de efecto invernadero mucho más potente que el dióxido de carbono. Solo Estados Unidos y China emiten a la atmósfera mayor cantidad de gases de efecto invernadero que lo que supone el desperdicio de alimentos.
Si hay algo positivo en las escandalosas cifras del desperdicio de alimentos a escala mundial es que ofrecen infinitas oportunidades de mejorar. Por poner un ejemplo, en los países en vías de desarrollo hay organizaciones de cooperación que proporcionan a los pequeños agricultores recipientes de almacenaje y sacos multicapa para el grano, herramientas de desecado y conservación de frutas y verduras, así como equipos sencillos para refrigerar y envasar los productos. Utilizar nuestros excedentes para alimentar a los animales tiene lógica, tanto desde el punto de vista económico como ecológico. Pero el mejor destino de la comida sobrante es, huelga decirlo, dar de comer a los 842 millones de bocas hambrientas que hay en todo el planeta. En Estados Unidos 49 millones de personas están oficialmente en situación de inseguridad alimentaria, es decir, que no siempre saben de dónde saldrá el siguiente plato que comerán.Tener comida de sobra podría parecer un problema maravilloso propio del Primer Mundo, pero colmar las cornucopias de una superabundancia que desde el principio se sabe está destinada al vertedero es algo que el mundo no puede soportar un minuto más.
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